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Una historia muy visual

Cuando uno va al Guggenheim a ver una exposición sabe o debe saber a lo que va. Al cabo, bajo este internacional nombre se inventó la fórmula mágica que equivale a exposiciones generales y genéricas cuyo discurso teórico es más bien práctico. De tal forma que a los que tienen la teoría superada se les queda corta o les sabe a poco la práctica y a los que no tienen la teoría superada les vale con práctica, tan contentos. Que una exposición esté hecha para el gran público tampoco en un desdoro. En esas estamos, porque esta muestra montada para celebrar los diez años del Museo Guggenheim, de Bilbao, cumple a la perfección la norma de la casa.

Sólo habrá que esperar los seis meses que estará en cartel para cuantificar los miles de turistas que la visiten. Seguro que habrá récord ya que estamos de cumpleaños redondo. Sabemos de antemano que el éxito está asegurado. Poco importa lo que se escriba para bien para mal sobre ella. La pregunta es si superará a las que se hicieron sobre China o sobre Rusia o los Aztecas hace unos años. Es la dinámica del Guggenheim. Como la máquina de conteo no ha hecho más ponerse en marcha, ahora, es el turno de los comentarios sobre estos 300 años de innovación en el arte de Estados Unidos, pero luego todo se olvidará frente al poder de los números. Definitivos, y para ello ya llevan diez años de experiencia en estas lides.

De Puntillas. Como la premisa ha quedado muy clara, a esta exposición no se viene a descubrir nada ni a nadie, a ningún artista que no estuviera ya en los manuales o en las guías, si acaso se olvida de una cosa; la importancia de la fotografía y los fotógrafos norteamericanos en el siglo XX. Pero parece que todo se ha querido basar en la pintura, al menos el noventa por ciento de las piezas seleccionados hasta dejar a la escultura y, sobre todo, al video como una cuestión residual. De la fotografía ya queda dicha su total ausencia.

Desde luego 300 años son muchos y dan para muchas innovaciones, pero aquí se pierden unas cuantas o se pasa por ellas muy de puntillas. Tal vez una pena y una oportunidad perdida porque el público va a disfrutar con la sala del pop, va a comprobar que Estados Unidos tiene una historia y unos usos y costumbres que reflejó la pintura de los que pudiéramos llamar su clasicismo, pero también va a pensar que los últimos años se resumen en un Hill Viola hiperpopular, hiperespectacular e hiperbanalizado con tanta hipérbole. Nada de complicaciones conceptuales.

No se puede pensar otra cosa (ni buena ni mala sino tal cual) que la exposición está concebida a modo de guía visual de turista o de viajero estructurada en seis capítulos: “Colonización y rebelión (1700-1830)”, “Expansión y fragmentación (1830-1880)”, “Cosmopolitismo y nacionalismo (1880-1915)”, “Modernidad y regionalismo (1915-1945)”, “Prosperidad y desilusión (1945-1980), “Multiculturalismo y Globalización (1980-Actualidad)”. Epígrafes que no sólo recogen momentos artísticos sino también históricos, casi más históricos que artísticos o como éstos reflejan lo acontecido en el otro ámbito vital. Parece que el arte nunca adquiere una total independencia de los hechos, de la propia realidad. El arte no llega a ser auténtico arte hasta que nace para mayor gloria de sí mismo y es aquí donde menos podemos disfrutarlo.

En Cromos. Puede que no sea este el objetivo de esta exposición que resume trescientos años de arte norteamericano en doscientas obras. Muchas, muchísimas, como nos tienen acostumbrados: Peale, Singleton, Slogan, Singer Sargent, Mary Castas, Eakin, O’Keefe, Hopper, Gorky, Pollock, Kline, Still, Barnet Newman, Jasper Johns, Rothko, Rauschenbreg, Warhol, Lichtenstein, Rosenquist, Weselmann, Dan Flavio, Ed Ruscha, Jeff Koons, Kara Walter… de todo un poco para ilustrar, como en cromos, los distintos cambios.

Art In USA: 300 años de innovación viene a celebrar, en inglés y con acento norteamericano esta década gloriosa del Guggenheim bilbaíno, que también reserva en estos días un hueco para los jóvenes artistas vascos en una muestra comisariada por Rosa Martinez y bajo el título de Chacun á son góut. Pero esta es otra historia de innovación, que también contaremos.


Fuente: Arquinews.com

7 Noviembre 2007
 

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