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Éxito
asegurado
El taquillaza se
consolida como ideal de la industria de la cultura. No extraña: el show
business; y por otro lado la identificación de calidad y cantidad es un
impulso irresistible de la naturaleza misma de la industrial. El
taquillaza es una leyenda seductora que sucede hoy a otras que
engolosinaron y menearon la Historia: después de la piedra filosofal o
el elixir de la eterna juventud (que por otra parte sobreviven,
transformados, en el seno simbólico de la economía global), el megahit y
el pico de audiencia; en vez de la panacea buscamos la franquicia
universal; en vez de Eldorado, el “el efecto Bilbao”; en vez de la olla
de monedas al final del arcoiris, érase una vez un 100 por 100 de share
en prime time.
En cuanto al pequeño sub-negocioado de artes plásticas, ya se sabe que
la obra de arte, en contra de lo que decía Benjamín, no perdió su aura
en la era de la reproducción técnica de imágenes (más bien al
contrario). Pero inesperadamente sus profecías acaban funcionando si
pensamos en las instituciones que canalizan esas obras hacia el consumo
masivo (y persiguen, en buena lógica, que sea lo más masivo posible): en
un mundo de franquicias idénticas son los museos y sus programas los que
se esfuerzan por perder cualquier rastro de “aura” que resulte raro,
cualquier rasgo no familiar que desoriente o acobarde al público
potencial. En la fase de post-industrialización cultural, las industrias
se deslocalizan y se aglomeran en grandes multinacionales; las políticas
culturales nacionales se plagian y las bienales se roban las agendas;
las exposiciones blockbuster se mimetizan y los museos abren cadenas y
se transforman en logotipos: construcciones simbólicas e imágenes de
marca que inspiren confianza automática en un público aturdido por la
guerra feroz entre logos que es nuestro día a día.
Bien de Consumo. La genealogía del taquillaza artístico va de la
mano con la transformación de la cultura en bien de consumo y el auge de
los parques temáticos. La primera exposición verdaderamente blockbuster
–rompetaquillas- fue “Tesoros de Tutankhamon” en 1976: ocho millones la
visitaron en todo Estados Unidos. Pero había tenido antepasados: en
1871, la Gran Alemania se puso de largo con una antología consagrada a
Holbein en Dresde que hizo nacer el turismo cultural de masas en Europa;
en 1930, Mussolini y todo su genio para la propaganda impulsaron en
Londres otra sobre el Renacimiento italiano que visitaron cientos de
miles. Justo en Londres ahora mismo el British acoge una gigantesca
exposición de arte chino que funciona también como lavado de cara
preolímpico de la China post-comunista. La verdad es que los guerreros
de Xi’an son ideales como arte taquillero: hay muchos, parecen todos el
mismo, se reconocen a la primera y a todo el mundo gustan.
Economía Global. Pero ni siquiera puede decirse ya que la expo
rompetaquillas tenga a día de hoy una agenda política oculta. Se combina
con intenciones menos épicas: promoción turística, imán de inversores,
necesidad burocrática de justificar presupuestos y alergia a iniciativas
discretas que nunca ofrecerán resultados tan espectaculares a corto
plazo (ni a largo). La rompetaquilla supuso un cambio de mentalidad
institucional inmenso. Por fin el museo se desacomplejaba, era “negocio”
y podía dejar de ser ruinoso desde el punto de vista empresarial: ya no
tenía por qué perder dinero.
Así que no sólo Starbucks y Zara sacan partido de las nuevas condiciones
económicas globales. Hace unos años que los grandes museos occidentales
–del Guggenheim a la Tate, el Pompidou, el Hermitage o el Louvre- marcan
la pauta de nuevas políticas de franquicias nacionales e internacionales
y se arriman a los “puntos calientes” de la nueva economía global: de
Hong Kong a Abu Dhabi, de Singapur a Shanghai o Taiwán, los nombres
sacrosantos de la museología europea se asocian a grandes operaciones
políticas, financieras e inmobiliarias en una relación simbiótica y
polémica. Cuando planeó el nuevo distrito cultural de West Kowloon en
Hong Kong, el Art Institute de Chicago, la Fundación Guggenheim y la
Asia Society de Nueva York, la Royal Academy y el Victoria & Albert de
Londres, el Pompidou, el Musée d’Orsay y el Musée Guimet (especializado
en arte del Extremo Oriente) en Paris o el Royal Ontario Museum de
Toronto se implicaron en su desarrollo.

Fuente:
Arquinews.com
28 Octubre 2007
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