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Abrumado y emocionado me siento ante la buena nueva que nos anuncia que, por fin, Venecia es ya otra Venecia, más ciudad y más moderna, gracias a un puente de Santiago Calatrava, famoso y verdadero constructor del mundo, ya que casi no hay ciudad, país, continente o sueño que no tenga ya «un calatrava», lo que habla de su celebridad. Sólo los más despistados o recalcitrantes no se han dado cuenta de lo importante del fenómeno. Pero Venecia no ha cometido ese error y se dio cuenta hace casi once años de la importancia de Calatrava y aceptó como un regalo su proyecto para el «cuarto» puente del Gran Canal, muy cerca del Ponte degli Scalzi. No estaba dispuesta a
que se le pasase la oportunidad, como le ocurrió en el siglo pasado con
otros proyectos de Le Corbusier, Wright o Kahn, aunque pudo tener el
consuelo de la construcción de pequeñas joyas como las de Gardella o
Scarpa, exquisitas arquitecturas de la ciudad, modernas y venecianas,
tan lagunares como el inolvidable «Teatro del mondo» de Aldo Rossi, que,
en 1979, navegaba por la laguna, como una arquitectura más de la ciudad,
pero moviéndose y usando las aguas turbias de la incertidumbre como
cimientos de su obra, sin herirlas, sabiendo que son los muros mismos de
su fortaleza y de sus equívocos.
No está terminado aún,
pero casi. Dicen que será hacia noviembre o diciembre cuando los
venecianos y los turistas podrán pasear y circular por el nuevo puente,
que Santiago Calatrava mismo denomina «pasarela de luz», no sin un poco
de falta de pudor, propia de cualquier genio. Sin embargo, la
denominación es banal y retórica, por no decir que presuntuosa: ya
puestos podría haber llamado a su puente algo así como el «arco iris de
Venecia», pero eso es cosa de leyendas cultas o divertidas, como la de
la Fata Morgana, que sucede en el estrecho de Messina (¡Ay!, que me temo
que le he podido dar una idea y algunos -no todos- parecen dispuestos a
aceptar cualquier cosa). Pero quiero ser justo y lo de «pasarela de la
luz» parece como una sustitución retórica de las «flores azules». El
puente, nueva Puerta de Venecia para los que llegan en tren o en
vehículo, es como un luminoso arco de triunfo propio de fiestas
efímeras, acompañado de fuegos artificiales -«pasarela de luz»- más que
del carnaval veneciano, característicos de las fallas de Valencia. Se trata de una arquitectura moderna, de alta tecnología, con un proceso del proyecto largo y polémico -que sin cosas que contar no hay leyenda alguna que construir-, de medidas y peso casi milagroso, incluso, el último, peligroso. Pero no hay leyenda sin drama o tragedia anunciada. Verdadero «puente de los suspiros», el de Calatrava dicen que está pendiente de que sus cimientos no cedan dos centímetros, sería catastrófico, mientras se hace emocionante el enigma, se contempla el espectáculo de acero, cristal, piedra de Istria y luz. No está terminado aún, lo que ayudará a que las leyendas se consoliden y nazcan otras nuevas, como «flores azules». Así, por ejemplo, se había previsto su milagroso y legendario montaje para el día 15 de julio de este año, fiesta del Redentore en Venecia. ¿Cómo no confiar, por tanto, en la feliz solución de tantas fatalidades y contradicciones? A fin de cuentas el arquitecto de la musical y armónica iglesia del Redentore no fue otro que Andrea Palladio que, ya en el siglo XVI, también proyectó un puente para Rialto, bellísimo, pero no construido. Hubo en Italia quienes,
irónicamente, suponían que la fecha fijada por las autoridades
municipales no podría sino traer buena fortuna al traslado y montaje del
puente: si no era milagro sagrado, podía serlo laico, como si Palladio
fuera a ser solidario con Calatrava. Cosas de leyendas, pero no
inverosímiles. ¡Impresionante! No en balde ya sabemos que es «una obra única en el mundo». Los vecinos bajaron incluso las sillas de sus casas para contemplar su lento navegar nocturno, como en una película del añorado Federico Fellini, que muchos italianos tuvieron, sin duda, en la cabeza mientras presenciaban el acontecimiento. Y es que el nuevo puente no sólo pasó bajo el de Rialto, sino antes por el de la Accademia y, después, por el Ponte degli Scalzi, para convertirse en el cuarto puente del Gran Canal, destino apocalíptico que habrá de salvar Venecia de sí misma y de su ensimismada exaltación en su derramarse histórico desde el siglo XVIII, entre Simmel o Barrés o la memorable Venecia de Thomas Mann. A partir de ahora es cierto que ni Venecia morirá ni se morirá en Venecia, ya que su incertidumbre será sustituida por la certeza de la modernidad del puente de Calatrava.
Fuente: Arquinews.com Otras noticias relacionadas: 1 . 2
22 Octubre 2007 |
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